Nos miramos menos, pero ahora nos vemos

– Muchacho, llénalos de agua, por favor
– Como desees
Aquel día descubrió con asombro que cuando él decía como desees en realidad significaba “Te amo”

Westley y Buttercup en La princesa prometida

¿Te acuerdas cuando reíamos a carcajadas?
¿Cuando no hacía falta motivos para pasarlo bien más que con estar juntos?

¿Te acuerdas de esos pequeños gestos que se iban convirtiendo en grandes ritos a medida que pasaban los días?
¿Cuando llegabas a casa y asomabas la cabeza buscándome?
Yo me escondía tras la cortina, esperando el momento preciso para salir y sorprenderte, con esos nervios que me recorrían por dentro al sentir que no había mejor sorpresa que descubrir que estaba cuando pensabas que no era así.

¿Te acuerdas cuando me levantaba minutos antes para que al despertarte sintieras el aroma del café y tostas que llegaba de la cocina? Tu sonrisa, en ese jodido instante, no tenía precio. 

¿Te acuerdas cuando entusiasmo definía nuestros actos y pensamientos? ¿Cuando todo parecía encajar por inspiración divina?

¿Te acuerdas cuando todo eso se fue apagando?

Ahora al llegar a casa compartimos soledades.
Soledades que el tiempo y la rutina han ido ensanchando. 

Ahora somos 4.
Tú y tu móvil.
Yo y el mío.

Ahora nos miramos menos. 

¿Pero sabes qué? 

Es normal. La vida tiene eso.
No siempre estás arriba o abajo. 
Es más, la mayoría del tiempo estamos en el medio.

Ahora nuestras miradas no son de alegría desbordante sino de profundidad cariñosa. 
Hemos pasado de intensidad a profundidad.

Nos miramos menos.
Sí, pero ahora nos vemos. 

Ahora vemos esa almita con sus heridas y golpes. 
Y vemos esa lucha y esa fuerza interior. 
Sabemos que ambos estamos haciéndolo lo mejor posible. 
Que cada uno tiene sus ritmos. 
Que a veces yo me adelanto y otras lo haces tú. 

Otras veces caemos en un estanco.
Y perdemos de vista lo esencial por lo urgente de la situación. 

Pero hemos aprendido a parar y compartir. Ese es nuestro secreto para entender que, en esos momentos, lo único que necesitamos es un hombro amigo, una mano que agarrar.
Alguien que sepa por lo que estás pasando y que simplemente trate de ponértelo fácil.
Sin exigencias. Sin prisas. 

Sí, puede que el entusiasmo se haya calmado, aunque haya días que asome la cabeza.
Sin embargo, lo que queda es lo que no se ve.
La mirada profunda.
El hombro amigo.
La mano tendida.
Las almas desnudas

No necesito que sea todo alegría.
Lo único que necesito es que cuando me mires me veas.
Que veas mis heridas y mis sueños.
Y que yo pueda ver lo mismo en ti.
Y que cuando vengan mal dadas. Nos recordemos con la mirada quiénes somos. 
Sabiendo que, aunque tengamos miedo de que esto se acabe, lo que realmente nos importa es que si el otro está bien todo estará bien.

No importa la manera ni el lugar.
Solo importa que vivamos haciéndolo lo mejor que podamos. Pensando en qué puedo hacer yo para mejorar al otro. Esa es la única manera de permanecer en corazón ajeno.

Y claro que tiene sus riesgos.
Pero amar es eso.
Atreverse a romper barreras.
Caminar por terrenos pantanosos.
Aprender a ver. 
Aprender que no somos posesiones que conservar sino regalos que disfrutar.
Saber que no estar juntos físicamente puede ser la mejor manera de amar que tenemos con ciertas personas.

Y que cuando perdemos haciéndolo lo mejor posible en realidad estamos ganando. 
Ganándonos el privilegio de ser parte de un recoveco en el corazón del otro. 
Y eso es eterno.
Eso puede que sea amor, no lo sé, pero para mí se acerca. 

 

 

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