Llegaste como una primavera adelantada

Marika de Vahl

Imagen: Marika de Vahl

Llegaste como una primavera adelantada. 
Impredecible pero deseada. 
Radiante. Llena de vida.

Tu mirada, de dulces rayos uva, calentaba mi alma. 
No sabía de dónde venías, hacia donde ibas ni qué buscabas. 
Bueno, seguramente buscabas respuestas como casi todos. 
Mientras, yo me preguntaba si tú eras la respuesta a mis anhelos. 

Me mayeaste en marzo.
Me ofreciste un mundo patas arriba del que yo ya llevaba mucho tiempo colgado.

Me propusiste sacarme del laberinto ofreciéndome otro laberinto.
Yo te seguía. No me importaba. Ahora ya no estaba solo
Y perderme era un disfrute.
Qué mejor lugar que ningún lugar a tu lado. 

Tú con ganas de ser tú.
Yo con ganas de ser yo.

La lluvia aterrizó. La sequía llegaba a su fin.
Nuestras durezas mudaban su piel.
Las caricias podían por fin brotar.
La magia surgía.

Había momentos en que el hechizo se rompía. 
Ahí miraba atrás y sentía que tenía que volver.
No puedo partir sin antes ordenar lo desordenado.
Si no todo lo que toque lo convertiré en caos. 

El apego manejaba los hilos de mi vida.
Caminaba hacia delante mirando hacia atrás.

Pero dejar las cosas a medias formó parte de un pasado que no quería repetir.
Ahora quería empezar y cerrar. Aprender a soltar y dejar ir.
A escuchar mi corazón y no dejarme influenciar por pequeños espejismos de felicidad.
La diferencia entre ilusionarte por querer ir o querer huir esconde muchas trampas. 

Cuando uno se siente perdido o desesperado su mirada cambia.
Te confunde viendo cosas donde no las hay.
Lo de fuera se vuelve más y más atractivo. 

Y piensas en tus opciones.
Lo que ya tienes o una caja bien bonita llena de sorpresas. 
Y en ese momento tú solo quieres sorpresas. 
Porque no has encontrado respuestas a tus preguntas.
Y piensas, o te saboteas, para creer que fuera las puedes encontrar. 

Y es que cuando uno vaga mucho tiempo por la oscuridad confunde cualquier luciérnaga con la estrella de oriente

La oscuridad. El camino por el desierto. La soledad del viajero.
Necesario pasar por esos senderos para encontrar salidas. 
O al menos aceptar que hay laberintos que no las tienen.  

Quien pasa por tu vida, viene a dejarte un regalo. 
Presente que a veces ignoramos.
Pero si miramos más allá podremos apreciarlo.

Nuestras almas danzan la vida en perfecta sincronía.
Esperando que nuestros cuerpos las inviten a bailar, al menos, por un día.
Bailar sin pensar por qué ni para qué. 
Sin esperar respuestas lógicas. 
Pero sí para entender. 

Para comprender que lo que sucede fuera es un anhelo interno.
Y que lo que la vida te ofrece es para agarrarlo y bailarlo.
Un paso tras otro hasta encontrar esa melodía que les hace moverse al unísono.
Y ese fluir, ese bailar, esa es la vida en todas sus vertientes.

 

 

 

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