Conmigo tienes un hogar

No sé cómo empezó este juego de etiquetas pero pronto me vi enganchado tratando de clasificar todo lo que veía o sentía. Me fui generando unos patrones y nada podía escaparse a mi juicio crítico. Mi mente ansiaba tener la razón para sentirse en paz, y yo me afanaba en dársela.

Igual eso fue lo que poco a poco me hizo alejarme de mí. 

Naufragué entre tanta etiqueta y necesidad de encajar las piezas. Me miraba y veía cientos de palabras apuntando hacía mí. En mi cabeza vagaban, de un lado a otro, pensamientos abrazados que no dejaban entrar otros.

No soportaba que algo se saliera de mis definiciones. Cerré mis puertas. Nada entraba ni salía. Mi mundo se volvió predecible, pequeño y algo rígido. Sentía que algo en mi interior estaba succionando todo mi ser. Me consumía y me costaba respirar.

Mi alma se sentía fea y rara cuando estaba mucho tiempo en un lugar donde sin poder expresarse tal cual era. Y fue apagando su luz.

Comprendí que la rigidez mental me estaba contaminando. Me costaba creer sin ver, sentir sin pensar y soñar sin dormir

Entonces me preocupé por ella. Miré hacia dentro y la cuidé.
¿Qué estaba haciendo?
Tenía una belleza y una luz que había ido apagando yo mismo por no saber apreciarla.

Cambié la forma de relacionarme conmigo y eso hizo que cambiara la manera de relacionarme con el mundo. Tenía que aceptar que la vida no podía etiquetarse. No es dura ni fácil. No es justa ni injusta. Es la que es, por momentos te posiciona en un lado y en otros en el antagónico y que lo único que uno puede hacer es elegir la actitud con la que relacionarse con ella.

Eso me empujó a tratarme con respeto. A no enjuiciarme ni maltratarme. Los filtros por los que veía la vida eran muy reducidos y estaban llenos de polvo. Los cambié y ahora los limpio a menudo. Y no me importa volver a cambiarlos porque nada es fijo ni debe serlo.

Ahora me rodeo de corazón y no por interés. Me desnudo a cada nueva persona que entra en mi vida porque no tengo otra forma de sentirme fuerte y en mi centro.

Dicen que al abrirte te predispones a que te hagan daño, sin embargo, yo lo que he recibido es mucho amor y cariño. Y cuando alguien parece que quiere hacerte daño, comprendes que en realidad solo está buscando su propia manera de entender como hacerlo mejor. Y no se lo tienes en cuenta, ya que tu tanque de amor se ha llenado y eso te da la paz necesaria para afrontar las adversidades. 

Ahora miro a los demás y no veo piezas que encajar sino diferentes maneras de juntarlas con la mía. Y todo se vuelve un mar infinito de posibilidades.

Y te digo a ti que cuando me mires no trates de definirme sino de juntos descubrirnos. Porque para eso nos vamos uniendo en la vida para descubrir otras formas de colocar nuestra alma. Y ver la cantidad de luz que somos capaces de ofrecer cuando nos apuntan directo al corazón, desnudo de capas y de prejuicios. 

He elegido no ver a las personas y etiquetarlas según el barrio donde vivan, dónde hayan estudiado, el apellido que tienen, su trabajo, edad o su ideal político. He elegido tratar de, juntos, formar una nueva relación más allá de lo que se ve, de lo que nos dicen y dejarme llevar. Preguntar por sus sueños, sus inquietudes. Compartir contradicciones y relajarnos sintiendo que el peso de la vida se va aflojando.

Cada que vez te rodeas y te compartes honestamente, sin nada que ocultar o fingir, sabiendo que quien tienes enfrente no te juzga sino que te quiere y te acepta sientes el aliento de la vida empujándote desde dentro. Así me gusta relacionarme. Abriendo las ventanas y puertas, dejándote entrar en casa y creando una nueva habitación a nuestro gusto.

Conmigo tienes un hogar, es lo máximo que puedo ofrecerte. Y para mí es lo más importante. Mi compañía y mi amor te lo doy para que tú me des el tuyo y unidos podamos expandir el tiempo. 

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